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Si cuando te preguntan si había mucha gente en un lugar, respondes: “Bah, cuatro gatos” parece que tu opinión sea negativa. Nada más lejos si de lo que estamos hablando es de Els Quatre Gats, el establecimiento hostelero que fue en corazón de la bohemia modernista catalana durante muchos, muchos años.

Bajando por la emblemática calle comercial de la Porta del Àngel encontramos, a mano derecha, la calle Montsió (Monte Sión) y, desde 1897, este pintoresco local que fue regentado por el no menos pintoresco personaje Pere Romeu. Dedicado mitad al arte, mitad a los negocios este hombre alto y desmadejado fue retratado por varios pintores y amigos contemporáneos: Santiago Rusiñol, Ramon Casas, Joaquín Mir y Miquel Utrillo. Animado por ellos decidió montar un local de comidas y bebidas que pronto se convirtió en centro de tertulias y exposiciones. Romeu, que había trabajado de animador en el Chat Noir de París se dispuso a trasladar este concepto de local a su ciudad.
Y lo logró, sin duda. Para empezar abrió sus puertas en los bajos de un edificio de corte neo-gótico conocido como la Casa Martí que había sido diseñado por el arquitecto Josep Puig i Cadafalch, artífice también de casas emblemáticas de Barcelona como la Casa Amatller o la Casa de les Punxes. Sus salones se distinguían por una decoración ecléctica muy propia del modernismo catalán. En ellos igual realizaba Pablo Picasso sus primeras exposiciones, que se ofrecían espectáculos de sombras chinas o se redactaba una revista que llevaría el nombre de Els Quatre Gats.

Músicos como Isaac Albéniz, Enric Granados y Lluís Millet visitaron la singular taberna, también el arquitecto Antonio Gaudí, el pintor

Menu quatre gats de Picasso. Font: Pinterest

Font: Pinterest

Isidre Nonell y el dibujante Ricard Opisso. La lista es interminable. La fama del local era grande pero, ¡ay! los ingresos no fueron acordes a dicha fama porque los artistas no andaban sobrados de dinero y Romeu tenía la mala buena costumbre de fiarles o cobrarles poco dinero. En 1903 se vio obligado a cerrar el negocio. Hasta la guerra civil acogió entre sus paredes al Círculo Cultural Sant Lluc y tras la contienda vivió un periodo de decadencia hasta que fue reabierto con el mismo nombre en los años 70 y nuevamente rehabilitado en los 90.

En su interior sorprende su cafetería a la entrada, con elementos rústicos y presidida por el famoso cuadro Tandem de Ramón Casas (el original está el Museu Nacional d’Art de Catalunya) y su cenefa de baldosas de motivos florales contrastando con la lujosa decoración art-decó del salón interior, sus lámparas adosadas a las columnas, su voladizo de madera con románticas mesitas para dos y su piano que aún anima habitualmente las veladas de los comensales.
Pero si el interior os sorprende no podéis dejar de ver los detalles del edificio con las vidrieras de colores ocupando los ventanales ojivales, los hierros forjados de los balcones, las raras esculturas de Eusebi Arnau o la estatua de San José de la esquina obra del escultor Llimona. Parece un edificio de leyenda.

A pesar de que el establecimiento recibe una enorme cantidad de turistas a diario, los barceloneses siguen frecuentando el local, eso sí, evitando las horas punta. Es un placer sentarse en sus mesas y cerrando los ojos imaginar que pululan entre ellas las figuras de artistas, hijos rebeldes de la burguesía catalana o jóvenes llegados de París, y sus acompañantes. Parece que les oyes pedir una copa de absenta, ese misterioso licor que les transportaba a sus mundos de ensueño y les alejaba de las penurias económicas. Posiblemente les tuvierais que invitar a la copa o la dejarían a deber al pobre Romeu. Historietas de la Historia.

Así que ya lo sabéis, París tuvo un Chat Noir pero Barcelona ¡cuatro!