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Llegué hacia 2008 y residí en el barrio de Sant Antoni de Barcelona varios años. Nada hacía presagiar el cambio que se avecinaba. Me decían que, tras años de esplendor comercial, el barrio estaba en decadencia a pesar de su cercanía con las céntricas Plaça Universitat y Plaça Catalunya. La vida efervescente entonces estaba en el Raval, incluso en el Poble Sec… el Paral.lel apuntaba maneras, pero no se decidía a eclosionar como zona top. Todavía estaba en alza el barrio de Gracia, para qué engañarnos.

Hoy, hablar del barrio de Sant Antoni es para muchos hablar de gentrificación y de boom inmobiliario. Para otros el lugar ha sido tocado con la barita mágica de la modernidad, le ven el rollo hípster. La cuestión es que está de moda. Con sus cosas buenas y malas. Desde Barcelonina nos gusta hablaros de Barcelona tal como la vemos y sentimos, sin filtros belleza ni trucos de foto-postal, pero la historia de hoy una trata sobre una de sus cosas buenas. En realidad, renacidas: el Mercado Municipal de Abastos de Sant Antoni.

De las puertas de la ciudad al corazón de un barrio

Inmejorable situación para un mercado. Este, cuando aún no era el edificio modernista que conocemos ahora, se ubicaba al aire libre cerca de una de las puertas de la muralla que cercaba la ciudad. Barcelona crecía a pasos agigantados y se necesitaban lugares para comprar la comida. Gentes y mercancías hicieron prosperar el lugar.

El plan Cerdà ya contempló la necesidad de convertirlo en un mercado permanente y le encargó al arquitecto Antoni Rovira i Trias la construcción de una estructura adecuada. Pusieron manos a la obra em 1879 y tres años después estaba listo para ser inaugurado por el alcalde de Barcelona, Rius i Taulet.

El edificio resultante causó impresión: estructura de hierro con altísimos ventanales, con planta central circular con función panóptica y cuatro brazos cruzados prolongándose como las aspas de un molino. Todo cubierto y con amplias cornisas laterales para proteger las paradas exteriores del sol o la lluvia. Si os gusta el Mercat del Born, el estilo semejante de este también os gustará.

Llega el Mercat Dominical de Sant Antoni

Muy pronto la oferta de alimentos se amplía a otras mercancías y alrededor del edificio se crea un Mercat dels Encants ocupado casi completamente por comerciantes del ramo textil y artículos para el hogar.
La actividad emprendedora y comercial del barrio volvió a demostrarse cuando, más tarde, el espacio también dio cabida a un tercer mercado: el Mercat Dominical de Sant Antoni. Libros nuevos y viejos, postales, posters, revistas, cromos, sellos… Los libreros y los coleccionistas de diversas pasiones se dieron cita con el público cada domingo convirtiendo este lugar en un raro ejemplo de mercado urbano con actividad cada día de la semana.

Se comenta que el mercado de libros de segunda mano, también conocido como Fira de Bellcaire, era una actividad heredada de la existió entre 1920 y 1936 en el Paral·lel, al lado del Molino. Allí se ofertaban todo tipo de objetos, pero la venta de libros se impuso. Para afrontar las inclemencias del tiempo se organizaron en asociación y consiguieron que el Ayuntamiento les ofreciera emplazarse debajo de las amplias marquesinas de nuestro mercado y así comenzó una actividad que tuvo una acogida estupenda por parte de los barceloneses.
Desde 1936, gente todo tipo, entre los que se contaban intelectuales de prestigio (se dice que durante la dictadura de Franco en Sant Antoni se vendían o se intercambiaban clandestinamente libros prohibidos), acudían a comprar o simplemente a pasear entre sus abarrotados puestos.

Tres mercados en uno, oferta para toda la familia todo el tiempo

Acudir al mercado de Sant Antoni las mañanas de los domingos, se convirtió en actividad habitual en mi familia. El ritual no tenía misterios: un par de vueltas para recorrer el pasillo en un sentido y el inverso, tal vez un intercambio de cromos y, cercano al mediodía, un vermut. Curiosamente los domingos lluviosos eran mis preferidos para moverme en círculos concéntricos por este paraíso de libros de segunda mano. Molaba ir con los amigos rivalizando en localizar el ejemplar más raro o comprar muchas cosas alardeando del bajo precio que habíamos pagado.

Ir con mi padre era otra fiesta porque con él practicábamos la compra-venta y si el “negocio” era favorable el vermut era de lujo.
Entre semana lo suyo era la compra de víveres, el pescado en especial rivalizaba en calidad y frescura con el de la Boquería; pero también era estupendo ir con mi madre a perdernos entre los puestos de ropa en los que el feriante, con un largo palo de gancho, iba colgando y descolgando las prendas expuestas como si fuera un tendedero gigantesco.
Me fascinaba el momento del cierre en que se desmontaban las paradas y se guardaba el “género”, es decir, la ropa en unos grandes cajones de madera con ruedas que unos mozos se encargaban de empujar hacia los almacenes de alrededor. Ahora van a sustituirlos por otros más ligeros. Lástima aunque me alegro por los mozos.

Una segunda vida para el barrio y su epicentro, el mercado

La bella estructura construida en el siglo XIX comenzó a dar síntomas de cansancio y en el año 2007 dio comienzo un periodo de obras de reforma que supusieron el traslado de los tres mercados a unas estructuras prefabricadas provisionales en las calles adyacentes. El proceso de rehabilitación sufrió varios retrasos, el más importante de los cuales lo motivó el hallazgo de restos arqueológicos.
Tras estas largas y discutidas obras, el mercado se ha reabierto en 2018 bajo el mandato de la alcaldesa Ada Colau y su equipo de gobierno que ha insistido mucho en que el nuevo mercado ha de servir para conservar la esencia del barrio. El tiempo dirá si lo consigue.
Se ha querido aprovechar la rehabilitación de estos más de 50.000 metros cuadrados para construir aparcamientos y equipamiento urbano. Se han liberado los patios interiores que antes se utilizaban solo para carga y descarga. El recinto cuenta con innovaciones que los visitantes no podrán percibir a simple vista como, por ejemplo, el sistema de climatización de energía sostenible. Otras novedades son más evidentes. Las obras han hecho salir a la luz las joyas arqueológicas que guardaban las entrañas del edificio:  un tramo de la Vía Augusta romana original, un tramo de las murallas del siglo XVII entre las calles Urgell y Manso. el baluarte de Sant Antoni y una necrópolis, también de la época romana.

Los alrededores el Mercat de Sant Antoni se han convertido en zona semi peatonal en la que muchos de los bares y comercios están también sacando su mejor cara para ponerse a la altura del flamante mercado. Hay ilusión por esta nueva etapa como lo prueba el número de visitantes, 60.000 para ser exactos, entre vecinos, barceloneses y turistas que acercaron a conocer el nuevo mercado.

Uno de sus personajes más entrañables, el mago y astrólogo Félix Llaugé Dausà, conocido como el Mago Félix, dedicó el segundo domingo de su apertura a bendecir las instalaciones, a los paradistas y a los clientes. Le acompañaban el periodista Pere Vall, cuyo hermano Joan Vall ha regentado durante casi veinte años una parada especializada en el coleccionismo de cine y algunos antiguos comerciantes que querían ver las novedades de primera mano.

He de decir que llovía, pero eso, como siempre no fue problema. Nos permitió cumplir la ceremonia completa: desayunar, “tertuliear”, pasear las paradas y, finalmente, ir a hacer el vermut. Como toda la vida se ha hecho en el Mercat de Sant Antoni.
Como complemento, y hasta como alternativa al Mercat de la Boquería, la visita al Mercat de Sant Antoni debe figurar en vuestro planning de visita a la ciudad. Si necesitáis más motivos os diré que la oferta gastronómica de la zona es para chuparse los dedos. Palabra de Barcelonina.
Tip: Algunos pasajes cercanos todavía guardan los típicos carros de madera para almacenar las mercancías cuando cada día se desmantelan las paradas. ¿Sabéis que llegaron a utilizarse 400 carros?  A ver si veis alguno.